El tema de hoy es cuanto menos llamativo e interesante por lo que puede suponer.
Y es que la búsqueda de otros planetas que se parezcan a la Tierra y que despierten la esperanza de saber si hay vida en otras galaxias es incansable y hoy marca un nuevo hito en la carrera por conocer el universo.
Este nuevo destello de luz surgió gracias al anuncio de la NASA sobre el gran descubrimiento de 715 nuevos planetas en 315 sistemas solares por parte del telescopio espacial Kepler.
Entre ellos, hay cuatro planetas orbitando en zonas habitables en los
que el agua líquida podría existir y donde, incluso, podría haber vida.
Uno de ellos es Kepler-269f, cuyo tamaño es dos veces la Tierra. El
mismo orbita una estrella con la mitad del tamaño del Sol y es un cinco
por ciento más brillante que aquél. De todas maneras, la NASA advierte
que podría tratarse de un mini-Neptuno con una atmósfera de hidrógeno y
helio.
Para lograr estos increíbles hallazgos, los especialistas
utilizaron una nueva técnica de estadística llamada ‘multiplicidad’ que
–según comenta la agencia espacial- removió el ‘cuello de botella’ que
interfería con el análisis de datos que este telescopio transmitía.
El cambio en la técnica para leer los datos del telescopio se
produjo debido a que el método anterior representaba un trabajo lento y
laborioso en el que los científicos debían deducir si los objetos
orbitando las estrellas eran planetas o no.
Lo que hacía el telescopio era detectar posibles planetas que
orbitaran alrededor de las estrellas, lo cual logró con éxito,
identificando más de 150 mil estrellas y los posibles candidatos a
planetas en su cercanía, a partir de lo cual los especialistas
confirmaron la presecia de cientos de ellos.
Sin embargo, esta técnica produjo muchos falsos positivos en la
búsqueda, por lo que los científicos debieron buscar una nueva manera
de delimitar cuáles de los objetos orbitando una estrella particular
eran planetas y cuáles eran estrellas. La respuesta a ello fue la
utilización de la ‘multiplicidad’.
Dicha técnica ayudó a los científicos a acercarse a
conclusiones acerca de los sistemas exoplanetarios que son útiles a la
investigación y más certeras. De esta manera, si los especialistas notan
que los planetas están distribuidos de manera aleatoria en los sistemas
solares, éstos no deberían verse en demasía. En cambio, ahora es
posible ver miles de posibles planetas y a menudo más de uno está
orbitando una estrella en particular.
Además, muchos sistemas solares son parecidos a nuestro Sistema
Solar, sus órbitas están en un sólo plano, en vez de estar en una
intersección de órbitas como la imagen popular de un átomo.
Esto quiere decir que son sistemas estables, lo cual deja
espacio a que surja una nueva interpretación: los sistemas solares
compuestos por más de una estrella son inestables y es poco probable que
tengan muchos planetas mezclados con estrellas orbitantes, por lo que
se produce una confirmación más rápida acerca de cuáles de los
candidatos son –efectivamente- planetas. La deducción es que si hay más
de un objeto orbitando una estrella -y al menos uno de ellos es un
planeta-, las probabilidades apuntan a que todos los objetos lo sean.
Esta técnica fue verificada por un equipo de la NASA liderado
por el científico planetario Jack Lissauer y el Centro de
Investigaciones Ames en California, a través del análisis de los datos
que el Kepler tomó entre mayo de 2009 y marzo de 2011, cuyos resultados
mostraron que no sólo había 715 nuevos planetas, sino que el 94 por
ciento de ellos son más pequeños que Neptuno, lo cual es un gran avance
en la búsqueda de planetas gigantes.
Una misión cuyo futuro parecía una nebulosa
El descubrimiento de estos 715 nuevos planetas llegó para
confirmar el exitoso cambio de estrategia que tuvo que realizar la NASA
luego de que la misión peligrara en 2013, tras el rompimiento de dos de
las ruedas de reacción de Kepler, lo cual quitaba la precisión que
necesitaba para localizar planetas más allá del Sistema Solar.
Este problema puso en peligro la misión y parecía que sería su final hasta que la NASA, en conjunto con los ingenieros de Ball Aerospace,
descubrió que la presión de la luz del sol sobre Kepler (la cual
provocaba su inestabilidad) podría utilizarse a su favor y salvarlo.
La idea consistía en una segunda misión denominada K2, que se
encargaría de colocar la nave en un ángulo en particular, de manera que
mientras la luz del sol presionaba sobre ésta en una dirección, las
otras dos ruedas de reacción serían presionadas por la luz en la
dirección opuesta. Así, las fuerzas podrían estabilizar a Kepler para
continuar con su tarea.
Luego de dos meses de pruebas, esta misión se volvió una
realidad y, si bien el balance de Kepler no se asemeja a la precisión
que tenía al comenzar su misión, ha demostrado continuar funcionando de
manera correcta.
¿Qué crees sobre estos descubrimientos?
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